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Apagar el color del celular: el gesto mínimo que me devolvió el control del tiempo y la atención

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Apagar el color del celular: el gesto mínimo que me devolvió el control del tiempo y la atención

Opinión | Periódico Digital

Durante años observé con escepticismo la histeria colectiva que presenta a los teléfonos inteligentes como artefactos malignos, culpables de arrasar con un mundo analógico que supuestamente era más sano y puro. Siempre pensé que ese pánico moral era exagerado. Sin embargo, hace unos meses, incluso yo —crítica de esa narrativa— empecé a sospechar que algo no estaba del todo bien cuando noté cuántas horas se me escapaban entre comentarios políticos y videos triviales en redes sociales.

No fue una cruzada ideológica lo que me llevó a cambiar, sino la curiosidad. Leí sobre los beneficios de poner el teléfono en blanco y negro y decidí probar. El efecto fue inmediato y sorprendente: la urgencia casi automática de mirar la pantalla desapareció. Con los colores apagados, algo dentro de mí se relajó. Como si se hubiera cortado un hilo invisible que me mantenía atada al dispositivo.

De pronto, dejaba el teléfono en otra habitación. Pasaban horas sin revisarlo. Y cuando lo usaba, lo hacía solo para lo necesario. Mi tiempo diario frente a la pantalla cayó un 40 %, de más de ocho horas a poco más de cuatro. Sigue siendo mucho, sí, pero ya no es un consumo compulsivo.

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Esto no me convirtió en defensora del alarmismo tecnológico. Sigo creyendo que muchas de las leyes impulsadas bajo el argumento de “proteger a los niños” —prohibiciones en escuelas, restricciones a redes sociales, controles de edad invasivos— son peligrosas para la libertad de expresión y la privacidad. Pero mi experiencia personal me obligó a reconocer algo incómodo: mi relación con el teléfono era más compulsiva de lo que quería admitir.

La ciencia empieza a llamar a esto “uso problemático del smartphone”: un comportamiento difícil de controlar que interfiere con la vida diaria. Algunos investigadores lo comparan más con un trastorno obsesivo-compulsivo que con una adicción clásica. El adicto busca placer; el compulsivo busca alivio. Y ahí me reconocí: revisaba el teléfono no por diversión, sino para calmar una ansiedad constante, la sensación de que podía estar pasando algo urgente.

Vivir en blanco y negro no es perfecto. A veces cuelgo llamadas por error. Los juegos perdieron atractivo. Las fotos llegan sin vida hasta que las veo en otro dispositivo. Pero incluso esos inconvenientes trajeron algo positivo: una separación más sana entre trabajo y ocio, entre lo urgente y lo verdaderamente disfrutable.

Lo curioso es que ahora, cuando vuelvo brevemente al color, me resulta insoportable. Demasiado brillante, demasiado invasivo. Como una valla publicitaria encendida en medio de la noche. Dos meses y medio después, sigo usando el teléfono menos y tengo claro que no pienso volver atrás.

Puede sonar cursi, pero apagar el color de mi celular me hizo apreciar más el color de la vida real. Leo más, converso más, planifico encuentros, paso más tiempo con mis hijos. Dejé de buscar distracción constante en una pantalla y empecé a buscarla en experiencias.

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Si de algo quiero ser adicto es de eso.

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